Ariana, doncellas y mancebos quedan a la entrada del tétrico
laberinto.
Teseo entra resuelto a matar al minotauro. Entre sus dedos
lleva un fino hilo, único enlace con Ariana y la salida.
Tú, príncipe de los atenienses, tienes el desparpajo de
venir aquí. ¿No sabes acaso que soy hijo del Rey Minos ante quien toda pierna
debe doblarse en señal de temor y
respeto?
Si, lo sé. Como
también tú sabes que soy príncipe y salvador de los atenienses. Vengo a
destruirte y así, una vez que yo consuma tu horrible muerte, mi amado pueblo
será liberado de las garras del Rey Minos, lamentablemente famoso por su
prepotencia y crueldad.
¿No te das cuenta que yo también tengo forma humana como tú?
Tus sentimientos son los míos. Yo de
chico jugaba con mi hermana en los jardines del palacio.
No trates de engañarme. Sólo eres una bestia cruel, parte
hombre y animal, engendrado por el funesto Rey Minos.
Se miran con odio.
En segundos saca su filosa espada y hiere mortalmente al
minotauro: su ensangrentada cabeza, rueda por las piedras.
¡Logré la libertad para los atenienses! con voz fuerte y
poderosa. Luego toma el hilo que lo lleva a la salida, y se abraza con Ariana.
Doncellas y mancebos
gritan de felicidad: ¡viva Teseo nuestro príncipe y libertador!
Que onda anaconda
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